La caza del meteoro
La caza del meteoro En razón de la importancia de los intereses comprometidos, el banquero había juzgado conveniente poseer un medio de comunicarse a su gusto con el Universo civilizado.
Permitiéndole, por otra parte, los beneficios recogidos ya por él con sus especulaciones sobre las minas de oro las mayores audacias, habíase asegurado el disfrute de aquel buque, escogido en Inglaterra entre muchos otros.
El Atlantic, fantasía de un multimillonario, había sido construido con objeto de que alcanzase las más altas velocidades. De formas finas y alargadas, podía, bajo el impulso de los cuatro mil caballos de sus máquinas, alcanzar y hasta pasar de los veinte nudos.
La elección de Monsieur Lecoeur había obedecido a esta particularidad que, llegado el caso, tendría grandes ventajas.
Zephyrin Xirdal no manifestó ninguna sorpresa por tener de ese modo un buque a sus órdenes. Acaso, verdad es, no se dio siquiera cuenta de eso. Lo cierto es que penetró en el buque y se instaló en su camarote sin formular la más pequeña observación.