La caza del meteoro
La caza del meteoro La distancia entre El Havre y Upernivik es de unas ochocientas leguas marinas, distancia que el Atlantic, marchando a toda velocidad, hubiera podido franquear en seis días. Pero no teniendo ninguna prisa, Monsieur Lecoeur consagró doce días a esta travesía y en la tarde del 18 de julio llegó ante Upernivik.
En esos doce días, apenas si Zephyrin Xirdal despegó los labios. Durante las comidas, que les reunían necesariamente, Monsieur Lecoeur se esforzó en muchas ocasiones en llevar la conversación al objeto del viaje; jamás pudo obtener respuesta. En vano se ponía a hablar del meteoro; su ahijado no parecía acordarse de él y ningún destello de inteligencia iluminaba sus miradas frías y mortecinas.
Xirdal, por el momento, miraba hacia dentro y perseguía la solución de otros problemas. ¿Cuáles...? No hizo ninguna confidencia sobre el particular. Pero, en alguna manera, debían de tener el mar por objeto, porque Xirdal se pasaba los días mirando constantemente las olas.
Al día siguiente de la llegada a Upernivik, Monsieur Lecoeur, que comenzaba a desesperarse, quiso hacer un ensayo para despertar la atención de su ahijado, poniéndole ante los ojos su máquina despojada de su envoltura protectora.