La caza del meteoro
La caza del meteoro HabÃa calculado bien y el medio fue radical. Al ver su máquina, Zephyrin Xirdal se sacudió como al salir de un ensueño y paseó en torno de sà una mirada en que se leÃa la firmeza y la lucidez de los grandes dÃas.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—En Upernivik.
—¿Y mi terreno?
—Hacia él nos dirigimos —volvió a contestar Monsieur Robert Lecoeur.
No era esto del todo exacto. Preciso era antes pasar por casa de Monsieur Biarn Haldorsen, jefe de la Inspección del Norte.
Cambiadas las fórmulas de cortesÃa, entabláronse los negocios serios, por conducto de un intérprete, cuyo concurso habÃa tenido el banquero el cuidado de procurarse.
Presentóse una primera dificultad.
No era que Monsieur Biarn Haldorsen tuviese el capricho de rechazar los tÃtulos de propiedad que le habÃan sido sometidos; pero su interpretación no era evidente.