La caza del meteoro
La caza del meteoro El capitán de un buque danés que entonces se hallaba en la rada, podrÃa, por lo demás, inspeccionar los resultados, a fin de tranquilizar completamente a su excelencia Monsieur Biarn Haldorsen.
Asà se decidió.
En dos dÃas terminó Zephyrin Xirdal su trabajo, cuya meticulosa exactitud no pido menos de confirmar el capitán danés.
Entonces surgió la segunda dificultad.
El punto que habÃa de constituir el centro de la propiedad estaba situado en plena mar, a doscientos cincuenta metros próximamente al norte de la isla Upernivik.
Monsieur Lecoeur, aterrado por este descubrimiento, hizo vehementes recriminaciones.
¿Qué se iba a hacer ahora...? ¡Haber llegado hasta aquellas comarcas para ver cómo el bólido se hundÃa en el mar...! ¿Cómo era posible que un sabio como Zephyrin Xirdal hubiese cometido tan terrible error?
La explicación del error era de las más sencillas: Zephyrin Xirdal se habÃa servido para sus cálculos de un mapa sacado de un pequeño Atlas escolar que estaba equivocado.
—¿Qué vas a hacer tú ahora? —preguntó el banquero a su ahijado.
Hizo éste una elocuente señal de ignorancia.