La caza del meteoro
La caza del meteoro Por toda respuesta, el doctor Hudelson dio una docena de pasos hacia delante; pero vióse obligado a retroceder precipitadamente; Mr. Dean Forsyth, que le habÃa seguido, hubo también de batirse en retirada con no menor apresuramiento y celeridad.
—Vamos, querido tÃo —dijo a su vez Francis Gordon— vamos, Mr. Hudelson; ya es tiempo de que volvamos a bordo.
Vanos esfuerzos.
Tan sólo al caer la tarde, rendidos de cansancio y de inanición, se resignaron a abandonar la plaza, bien firmemente decididos, por supuesto, a volver al dÃa siguiente.
Volvieron, en efecto, a primera hora, pero fue para tropezar con una cincuentena de hombres armados —todas las fuerzas groenlandesas— asegurando el servicio de orden en torno del precioso meteoro.
¿Contra quién tomaba el Gobierno aquella precaución...? ¿Contra Zephyrin Xirdal?
En ese caso, cincuenta hombres eran muchos; y tanto más cuanto que el bólido se defendÃa por sà solo; pues su infernal calor mantenÃa a los más audaces a respetuosa distancia; apenas si se habÃa ganado un metro desde la vÃspera.
De seguir asà las cosas, se necesitarÃan meses y meses para que Mr. Schnack pudiese tomar efectiva posesión del tesoro en nombre de Groenlandia.