La caza del meteoro
La caza del meteoro No importaba; convenía guardar aquel tesoro; tratándose de cinco mil setecientos ochenta y ocho millares de millones toda precaución era bien poca.
A ruego de Mr. Schnack, había partido uno de los buques de la rada, a fin de llevar telegráficamente la gran nueva al Universo entero.
¿No destruiría los planes de Monsieur Lecoeur?
En manera alguna. Habiendo partido el Atlantic veinticuatro horas antes, y siendo notablemente superior la marcha del yate, disponía el banquero de treinta y seis horas de adelanto, plazo éste más que suficiente para llevar a feliz término su especulación financiera.
Si el Gobierno groenlandés se había sentido tranquilizado por la presencia de cincuenta guardias, ¿hasta qué punto no debió quedarlo en la tarde de aquel mismo día, sabiendo que setenta hombres vigilarían en lo sucesivo el meteoro?
Hacia mediodía, un crucero había anclado en Upernivik, ostentando la bandera estrellada de los Estados Unidos de América; apenas hubo su ancla tocado el fondo, cuando ese crucero había desembarcado veinte hombres, que acampaban ahora en los alrededores del bólido.
Al tener noticia Mr. Schnack de este crecimiento del servicio de orden, experimentó sentimientos contradictorios.