La caza del meteoro

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Si le satisfizo el saber que el precioso bólido estaba defendido con tanto celo, aquel desembarque de marinos americanos en armas sobre el territorio groenlandés no dejó de causarle serias inquietudes. El oficial que mandaba la fuerza desembarcada, a quien se dirigió, no pudo darle informes; obedecía a la orden de sus jefes y lo demás no le importaba.

Resolvióse, pues, Mr. Schnack a llevar al día siguiente sus quejas a bordo del crucero; pero al querer ejecutar su proyecto se halló en presencia de un doble trabajo.

Durante la noche, en efecto, había arribado un segundo crucero, esta vez inglés. El comandante, sabiendo que la caída del bólido era ya un hecho consumado, había desembarcado, a imitación de su colega americano, otra veintena de marinos, que se dirigieron también a paso acelerado hacia el Norte-Sudeste de la isla.

Mr. Schnack quedóse perplejo. ¿Qué significaba aquello?

Y sus perplejidades fueron aumentando a medida que el tiempo transcurría. Por la tarde llegó un tercer crucero, ostentando bandera tricolor, y dos horas más tarde veinte marineros franceses iban a montar, a su vez, la guardia en torno del bólido.

La situación, decididamente, se complicaba.

No debía, con todo, detenerse allí.


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