La caza del meteoro
La caza del meteoro Sucesivamente fueron llegando otro crucero ruso, otro japonés, otro italiano, otro alemán, otro español, otro argentino, otro chileno, otro portugués y otro holandés.
El 25 de agosto, dieciséis buques de guerra, en medio de los cuales había vuelto discretamente a anclar él Atlantic, formaban ante Upemivik una escuadra internacional, como jamás habían visto otra aquellos parajes hiperbóreos.
Habiendo desembarcado cada uno de ellos veinte hombres, al mando de un oficial, trescientos veinte marineros y dieciséis oficiales de todas las nacionalidades ocupaban ahora un terreno que, a pesar de su valor, no habrían podido defender los cincuenta soldados groenlandeses.
Cada uno de los buques aportaba su contingente de noticias, noticias que no debían ser muy satisfactorias, a juzgar por sus efectos.
Si bien la Conferencia Internacional continuaba celebrando sus sesiones en Washington, sólo era por pura fórmula. La palabra ahora teníala la diplomacia, en espera de que se la concediese al cañón.
A medida que se iban sucediendo los buques, las noticias debían ser más inquietantes. Nada de preciso se sabía, pero circulaban sordos rumores en los Estados Mayores, y entre los diversos tripulantes las relaciones hacíanse más tirantes cada vez.