La caza del meteoro
La caza del meteoro Durante todo ese tiempo, Zephyrin Xirdal continuaba furioso. Monsieur Lecoeur estaba cansado de oÃr sus incesantes recriminaciones, y en vano trataba de apelar a su buen sentido.
—Debes comprender, mi querido Zephyrin —le decÃa—, que Mr. Schnack tiene razón y que es imposible dejar a una sola criatura la libre disposición de una suma tan colosal... Pero déjame hacer a mÃ. Cuando la primera emoción se haya calmado, intervendré yo a mi vez, y juzgo imposible que no se tenga muy en cuenta la justicia de nuestra causa. Yo obtendré algo, sin duda...
—¡Algo! —gritaba Xirdal—. ¡Me rÃo yo de ese algo...! ¿Qué quiere usted que haga yo de ese oro...? ¿Es que yo tengo necesidad de él acaso...?
—Entonces, ¿por qué excitarte de esa manera? —objetaba Monsieur Lecoeur.
—Porque el bólido es mÃo. Me irrita que se me quiera arrebatar. No lo he de soportar.
—Pero, ¿qué vas a hacer tú solo contra toda la Tierra, mi pobre Zephyrin?
—Si yo lo supiese ya estarÃa hecho... Pero, paciencia... Cuando esa especie de delegado emitió la pretensión de atrapar mi bólido, era ya bastante fastidioso...; pero ahora... tantos paÃses, tantos ladrones... ¡Si yo lo hubiese sabido...!
Xirdal no salÃa de esto.