La caza del meteoro
La caza del meteoro Hacía mal, en todo caso, en irritarse contra Mr. Schnack. El infortunado delegado no se hallaba muy satisfecho; nada bueno auguraba aquella invasión del territorio groenlandés; pero, ¿qué hacer? ¿Podía con sus cincuenta hombres lanzar al mar a los trescientos veinte marinos extranjeros y cañonear a los dieciséis mastodontes acorazados que le rodeaban?
Indudablemente no, no podía hacerlo. Pero lo que sí podía, al menos, lo que hasta debía hacer, era protestar, en nombre de su país, contra la violación del territorio nacional.
Un día en que habían bajado juntos a tierra los dos comandantes inglés y francés, en concepto de simples curiosos, aprovechó Mr. Schnack aquella ocasión de pedir explicaciones y hacer representaciones oficiosas, cuya moderación diplomática no excluyera la vehemencia.
El comodoro inglés fue quien contestó a Mr. Schnack, diciéndole, en resumen, que no tenía por qué inquietarse.