La caza del meteoro
La caza del meteoro Los comandantes de los buques en rada se conformaban sencillamente con las órdenes recibidas de sus respectivos almirantazgos; no les tocaba a ellos ni el discutir ni el interpretar esas órdenes, sino única y exclusivamente el ejecutarlas. Se presumÃa, no obstante, que el desembarco internacional no tenÃa otro objeto que el mantenimiento del orden, en presencia de una afluencia de curiosos, muy importante en realidad, pero que se habÃa creÃdo sin duda mucho mayor.
Por lo demás, Mr. Schnack debÃa estar tranquilo; la cuestión estaba estudiándose, y seguramente serÃan respetados los derechos de todos y de cada uno.
—Exacto —aprobó el comandante francés.
—Puesto que serán respetados todos los derechos, podré, por consiguiente, defender los mÃos —gritó de repente un personaje, interviniendo sin rebozo en la discusión.
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó el comodoro.
—Mr. Dean Forsyth, astrónomo de Whaston, el verdadero padre y legÃtimo propietario del bólido —respondió el interruptor, dándose importancia, en tanto que Mr. Schnack alzaba desdeñósamente los hombros.
—¡Ah, muy bien...! ConocÃa yo perfectamente su nombre ya, Mr. Forsyth... Pero si usted tiene derechos, ¿por qué no ha tratado de hacerlos valer?