La caza del meteoro
La caza del meteoro —¿Qué novios...?
Xirdal no se dignó contestar.
—SÃ, es muy desagradable y fastidioso —declaró con violencia—. ¡Ah! No lo consentiré... ¡Voy a ponerlos a todos de acuerdo y a reÃrme además...!
—¿Qué tonterÃas vas a hacer, Zephyrin?
—¡Pardiez, muy sencillo...! ¡Voy a arrojar el bólido al agua!
Monsieur Lecoeur se levantó de un salto; su semblante habÃa palidecido bajo la intensa emoción que le paralizaba el corazón. Ni por un instante se le ocurrió la idea de que Xirdal obedecÃa a los impulsos de la cólera, y que proferÃa amenazas vanas, cuya realización no estaba en su poder; no, habÃa dado pruebas de este su poder; todo era de temer de él.
—Tú no harás eso, Zephyrin.
—Lo haré, por el contrario; nada me lo impedirá.
—Pero no piensas, desgraciado... —Monsieur Lecoeur se interrumpió bruscamente; un pensamiento de genio acababa de nacer en su cerebro; algunos instantes bastaron a aquel experto capitán de las batallas del dinero para examinar la parte fuerte y la débil.
—¡A ello! —murmuró.
Un segundo esfuerzo de reflexión le confirmó en la excelencia de su proyecto.