La caza del meteoro
La caza del meteoro Dirigiéndose entonces a Zephyrin Xirdal, manifestóse asÃ:
—No te llevaré más tiempo la contra —dijo—. ¿Quieres echar el bólido al mar? ¡Bueno...! Pero, ¿no podrÃas darme algunos dÃas de respiro?
—Estoy obligado a ello —dijo Xirdal—. Preciso es que introduzca algunas modificaciones en la máquina para el nuevo trabajo que he de emprender; esas modificaciones exigirán cinco o seis dÃas.
—Lo cual nos llevará al tres de setiembre.
—SÃ.
—Muy bien —dijo Monsieur Lecoeur, que salió y se dirigió inmediatamente a Upernivik, mientras que su ahijado ponÃa manos a la obra.
Sin pérdida de tiempo, Monsieur Lecoeur se hizo conducir a bordo del Atlantic, cuya chimenea empezó a vomitar en seguida torrentes de humo negro y compacto.
Dos horas más tarde, y vuelto el armador a tierra, el Atlantic se perdÃa en el horizonte.
Como todo lo que es genial, el plan del banquero era de una sublime sencillez.
Rechazada la idea de denunciar a su ahijado a condición de que se le reservase una parte del tesoro, que se salvarÃa asà merced a su intervención —pues esa parte habrÃa sido insignificante y de poco valor por la abundancia del oro—, decidióse a guardar el más absoluto silencio.