La caza del meteoro

La caza del meteoro

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»La longitud de estas corrientes rectilíneas no tiene necesidad de ser regulada; irían invisibles hasta el infinito, si yo no las proyectase sobre la convexidad sudoeste del meteoro, que las detiene; no le aconsejo que se ponga a su paso.

«Estas corrientes rectilíneas, como cualquiera otras corrientes de cualquier naturaleza que sean, como la luz, el calor, la luz misma, no son otra cosa que un transporte de átomos materiales en el último grado de simplificación.

«Tendrá usted una idea de la pequeñez de esos átomos, cuando le diga que en este instante están golpeando la superficie del bloque de oro, en el que se incrustan, en número de setecientos cincuenta millones por segundo. Es, pues, un verdadero bombardeo, en el que la pequeñez de los proyectiles se halla compensada por la infinidad del número y por la velocidad. Uniendo este impulso a la atracción ejercida sobre la otra cara, puede obtenerse, con toda seguridad, un resultado satisfactorio.

—El bólido no se mueve, sin embargo —objetó Monsieur Lecoeur.



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