La caza del meteoro

La caza del meteoro

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El gallinero en cuestión no era ni más ni menos que una torre, cuya galería superior dominaba en unos treinta pies el techo de la casa, un observatorio, para darle su verdadero nombre. Debajo de la galería existía una cámara circular con cuatro ventanas orientadas hacia los cuatro puntos cardinales. En el interior había algunos anteojos y telescopios de un alcance bastante considerable, y si sus objetivos no se gastaban no era por falta de uso. Lo que era más bien de temer era que Mr. Dean Forsyth y «Omicron» acabasen por perder los ojos a fuerza de aplicarlos a los oculares de de sus instrumentos.

En esta cámara era donde ambos pasaban la mayor parte del día y de la noche, relevándose, a la verdad. Miraban, observaban, se sumían en las zonas interestelares, arrastrados por la perpetua esperanza de hacer algún descubrimiento al que pudiera ir unido el nombre de Dean Forsyth. Cuando el cielo estaba puro, todo marchaba bien; pero no siempre está así por encima de la fracción del treinta y siete paralelo que atraviesa el estado de Virginia; también había nubes, cirros, nimbus, cúmulos, tantos como se quisieran y seguramente más de lo que hubieran deseado el amo y el criado. Así, ¡qué de lamentaciones, qué de amenazas contra aquel firmamento sobre el que la brisa amontonaba densos vapores!


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