La caza del meteoro
La caza del meteoro —SÃ, Mr. Dean, perpendicularmente al sentido del Sol.
—A su sentido aparente, «Omicron».
—Aparente, naturalmente.
—Y era el dieciséis de este mes.
—El dieciséis.
—A las siete, treinta y siete minutos y veinte segundos.
—Veinte segundos —repitió «Omicron»—, según pude hacerlo constar en nuestro reloj.
—Y ¡no ha vuelto a reaparecer! —clamó Mr. Dean Forsyth, extendiendo hacia el cielo un puño amenazador.
—Y ¿cómo podrÃa haberlo hecho...? ¡Nubes...! ¡Nubes...! ¡Nubes...! ¡Desde hace cinco dÃas ni un trozo de azul en el cielo bastante para dibujar un pañuelo de bolsillo!
—Parece hecho ex profeso —se lamentó Dean Forsyth, golpeando el suelo con el pie—, y creo en verdad que estas cosas no le ocurren a nadie más que a mÃ.
—A nosotros —rectificó «Omicron», que se consideraba acreedor a una mitad en los trabajos de su amo.
A decir verdad, todos los habitantes de la región tenÃan el mismo derecho a quejarse si espesas nubes cubrÃan su cielo. Luzca o no el Sol, es igual para todo el mundo.