La caza del meteoro
La caza del meteoro Pero por general que este derecho fuese, nadie podría tener la pretensión de estar de tan mal humor como Mr. Dean Forsyth, cuando la ciudad se hallaba envuelta por una de esas brumas contra las que nada pueden los telescopios más potentes ni los anteojos más perfeccionados. Y tales brumas no son raras en Whaston, aun cuando la ciudad se halle bañada por las claras aguas del Potomac y no por las turbias y cenagosas del Támesis.
Sea de ello lo que quiera, ¿qué habían visto o creído ver el 16 de marzo, cuando el cielo estaba puro, el amo y el sirviente...? Nada menos que un bólido de forma esférica, desplazándose de Norte a Sur con una vertiginosa rapidez y con un brillo tal que luchaba victoriosamente contra la luz difusa del Sol. No obstante, como su distancia de la Tierra debía de ser de cierto número de kilómetros, hubiera sido posible seguirle, a pesar de su velocidad, durante un tiempo apreciable, si una niebla intempestiva no hubiese venido a impedir toda observación.