La caza del meteoro
La caza del meteoro Durante toda aquella mañana del 21 de marzo, ni Dean Forsyth ni «Omicron» habían podido dedicarse, a pesar del mal tiempo, a alejarse de aquella ventana que se abría de cara al Norte. Y su rabia había aumentado a medida que las horas iban transcurriendo; a la sazón, no hablaban ya. Dean Forsyth recorría con la mirada el vasto horizonte que limitaba por aquel lado el perfil caprichoso de las colinas de Serbor, por encima de las cuales una brisa bastante viva daba caza a las nubes grisáceas. «Omicron» se alzaba sobre la punta de los pies para aumentar el campo visual que reducía su exigua estatura. El uno había cruzado los brazos y sus grandes puños se aplastaban contra su pecho. El otro, con los dedos crispados buscaba el apoyo de la ventana. Algunas aves cruzaban próximas lanzando gritos, como si se burlasen del amo y del sirviente, a quienes su cualidad de bípedos retenía en la superficie de la Tierra. ¡Ah, si ellos hubiesen podido seguir a aquellos pájaros en su vuelo, en qué poco tiempo habrían atravesado la corteza de vapores, y tal vez entonces hubiesen visto al asteroide continuando su marcha en la luz esplendorosa del Sol!
En aquel momento golpearon a la puerta.
Dean Forsyth y «Omicron», absortos, nada oyeron.
Abrióse la puerta y Francis Gordon apareció sobre el umbral decidido y sonriente.
Dean Forsyth y «Omicron» ni siquiera se volvieron.