La caza del meteoro

La caza del meteoro

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El sobrino marchó hacia el tío y le tocó suavemente en el brazo.

Mr. Dean Forsyth dejó caer sobre su sobrino una mirada de tal modo absorta y distraída, que debía venir de Sirio o por lo menos de la Luna.

—¿Qué hay? —inquirió.

—Mi querido tío, el almuerzo espera hace rato.

—¡Ah! Sí, ¿el almuerzo espera? ¡Pues bien: también nosotros estamos esperando!

—¡Ustedes esperan...! ¿Qué?

—El Sol —declaró «Omicron», cuya respuesta fue aprobada con un signo por su amo.

—Pero, tío mío, yo creo que usted no habrá invitado al Sol a almorzar, y puede uno sentarse a la mesa sin él.

¿Qué contestar a esto? Si el astro radiante no se mostraba en todo el día, ¿se empeñaría Mr. Dean Forsyth en ayunar hasta la noche?

Tal vez, después de todo, porque el astrónomo no parecía dispuesto a obedecer a la invitación.

—Mi querido tío —prosiguió Francis—, la buena Mitz se impacienta; se lo prevengo.

De pronto Mr. Dean Forsyth adquirió conciencia de la realidad. Conocía las impaciencias de la buena Mitz. Puesto que ella le había despachado un expreso, prueba de que la situación era grave y había que acudir sin tardanza.


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