La caza del meteoro
La caza del meteoro —¿Qué hora es, pues? —preguntó.
—Las once y cuarenta y seis —respondió Francis Gordon.
Tal era, efectivamente, la hora marcada por el reloj, siendo asà que de ordinario el tÃo y el sobrino se sentaban a la mesa, el uno frente al otro, a las once en punto.
—¡Las once y cuarenta y seis! —exclamó Mr. Forsyth, simulando un vivo descontento a fin de ocultar su inquietud—. ¡No me explico que Mitz se haya descuidado de ese modo!
—Pero, tÃo —replicó Francis—, por tres veces hemos llamado inútilmente a la puerta.
Sin contestar, dirigióse Mr. Dean Forsyth a la escalera, en tanto que «Omicron», que servÃa ordinariamente la comida, quedaba en observación acechando la vuelta del Sol.
TÃo y sobrino penetraron en el comedor.
Allà les esperaba Mitz. Miró a su amo cara a cara y éste bajó la cabeza.
—L'ami Krone (el amigo Krone)...? —porque de esta manera designaba Mitz, en su ignorancia, a la quinta vocal del alfabeto griego.
—Está ocupado allá arriba —contestó Francis Gordon—. Nos pasaremos sin él esta mañana.