La caza del meteoro
La caza del meteoro —Con mucho gusto —declaró Mitz con áspero y avinagrado acento—; puede permanecer en su hautservatoire (observatorio) todo el tiempo que guste. Todo irá aquà mejor sin él.
Comenzó el almuerzo; las bocas sólo se abrÃan para comer. Mitz, que habitualmente conversaba de muy buen grado al llevar los platos y retirar las fuentes, no abrÃa los labios. Aquel silencio pesaba, aquella violencia angustiaba. Francis Gordon, deseoso de ponerle término, dijo, por decir algo:
—¿Está usted contento, tÃo, de su mañana?
—No —contestó Dean Forsyth—. El estado del cielo no era propicio, y ese contratiempo me ha fastidiado hoy de un modo especial.
—¿Se hallaba usted sobre la pista de algún descubrimiento astronómico?
—Ya lo creo, Francis; pero nada puedo afirmar mientras una nueva observación...
—He ahÃ, pues, señor —interrumpió Mitz con tono seco—, lo que le está trabajando a usted hace ocho dÃas, hasta el punto de que va a echar raÃces en su torre, y lo que hace que se levante a medianoche... SÃ, sÃ, por tres veces anoche, bien lo he oÃdo a usted yo...
—Asà es, buena Mitz —reconoció Mr. Dean Forsyth con un tono conciliador.
Suavidad superflua.