La caza del meteoro

La caza del meteoro

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—Un descubrimiento astrocómico —repuso la digna sirvienta con indignación— y, cuando usted se haya comido las sangres, cuando a fuerza de mirar en sus tubos haya pescado un dolor de riñones, una couverture (courbature) una flexión (fluxión) de pecho, ¿vendrán sus estrellas a curarle y le recetará el doctor que las tome usted en píldoras?

En vista del giro que tomaba este comienzo de diálogo, Dean Forsyth comprendió que era preferible no contestar. Continuó comiendo en silencio, tan turbado, empero, que en varias ocasiones cogió el vaso por coger el plato, y a la inversa.

Francis Gordon se esforzaba por mantener la conversación, pero era como si hablase en el desierto. Su tío, siempre sombrío, no daba muestras de oírle; de tal modo, que llegó a hablar del tiempo; cuando no se sabe qué decir, se habla del tiempo que ha hecho o del que hará. Tema inagotable, al alcance de todas las inteligencias.

Por lo demás, esta cuestión atmosférica interesaba a Mr. Dean Forsyth; así, en un momento en que nubes más espesas fueron causa de que se oscureciese más el comedor, alzó la cabeza, miró a la ventana y dejando caer su tenedor, exclamó:

—¿Es que esas malditas nubes no van a abandonar el cielo, aun cuando fuese a costa de una lluvia torrencial?


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