La caza del meteoro
La caza del meteoro —¡Bien! —murmuró Mitz—. Después de tres semanas de sequÃa, no vendrÃa mal eso para los intereses de la Tierra.
—¡La Tierra...! ¡La Tierra! —exclamó Dean Forsyth, con un tan perfecto desdén, que se atrajo esta respuesta de la anciana sirvienta:
—SÃ, la Tierra, señor. Creo que vale tanto como el Cielo, del que nunca baja usted..., ni siquiera a la hora de almorzar.
—Veamos, mi buena Mitz —dijo Francis Gordon con voz insinuante.
—¡No hay «buena Mitz» que valga! —continuó diciendo ella en el mismo tono—. Verdaderamente no merecÃa la pena estropearse el temperamento mirando la Luna para no saber que llueve en primavera. Si en el mes de marzo, pregunto yo, no llueve, ¿cuándo va a llover?
—TÃo mÃo —repuso el sobrino—, verdad es que estamos en marzo, al comienzo de la primavera, y no hay más remedio que conformarse... Pero pronto llegará el verano, y entonces tendrá usted un cielo puro. Entonces podrá proseguir sus trabajos en mejores condiciones. Un poco más de paciencia, querido tÃo.
—¿Paciencia, Francis? —replicó Mr. Dean Forsyth, cuya frente no estaba menos entenebrecida que la atmósfera—. ¡Paciencia...! ¿Y si se va tan lejos que no se pueda descubrir...? ¿Y si no vuelve a mostrarse?
—¿Quién? —intervino de pronto Mitz.