La caza del meteoro

La caza del meteoro

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En aquel instante se oyó la voz de «Omicron»:

—¡Señor...! ¡Señor!

—Algo hay de nuevo —gritó Mr. Dean Forsyth, saltando precipitadamente de su silla y dirigiéndose hacia la puerta.

Aún no había llegado a ella cuando un vivo rayo de sol penetraba por la ventana y salpicaba de chispas luminosas los vasos y las botellas que estaban en la mesa.

—¡El Sol...! ¡El Sol! —repetía Mr. Dean Forsyth, mientras corría escaleras arriba.

—¡Muy bien! —dijo Mitz, sentándose en una silla... —Hele que escapa, y cuando se haya encerrado con su atni Krone en el haultservatoire, ya se le puede llamar... En cuanto al almuerzo, se comerá él solo por obra de los cinq esprits (du Saint-Esprit, del Espíritu Santo...) ¡Y todo esto por las estrellas!

Así, en su pintoresco lenguaje, se expresaba la buena Mitz, aun cuando su amo no pudo oírla. Por lo demás, aun habiéndola oído, habría sido elocuencia perdida. Mr. Dean Forsyth, sofocado por la subida, acababa de entrar en su observatorio. El viento del Sudoeste había refrescado y lanzaba las nubes hacia Levante. Una ancha faja iluminada dejaba ver, hasta el cénit, toda la parte del cielo en que había sido observado el fenómeno.

—Y bien —interrogó Dean Forsyth—. ¿Qué ocurre?


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