La caza del meteoro
La caza del meteoro —El Sol —respondió «Omicron»—, pero por poco tiempo, porque ya asoman nuevas nubes por el Oeste.
—¡No hay un segundo que perder! —exclamó Mr. Dean Forsyth, corriendo a su anteojo, mientras el criado hacÃa otro tanto con el telescopio.
Durante cuarenta minutos aproximadamente, ¡con qué pasión manejaron sus instrumentos! ¡Con qué paciencia maniobraron para mantenerlos en el punto debido! ¡Con qué minuciosa atención sondearon todos los senos y rincones de aquella parte de la esfera celeste...! Por allÃ, en efecto, era por donde habÃa aparecido el bólido la primera vez para pasar en seguida exactamente por el cénit de Whaston; de ello estaban bien seguros.
Y nada, ¡nada en aquel sitio! ¡Desierta, completamente desierta toda aquella faja iluminada, que tan magnÃfico campo de paseo ofrecÃa a los meteoros!
¡Ni un solo punto visible en esa dirección! Ningún rastro del asteroide.
—¡Nada! —exclamó Mr. Dean Forsyth enjugando sus ojos enrojecidos por la sangre que habÃa acudido a sus párpados.
—¡Nada! —dijo «Omicron».