La caza del meteoro
La caza del meteoro La rivalidad astronómica que existía en estado latente entre Sydney Hudelson y Dean Forsyth no dejaba de perturbar algo las relaciones de ambas familias, muy unidas, por lo demás. No se disputarían, a buen seguro, tal planeta o tal estrella, perteneciendo, como pertenecen, a todo el mundo los astros del cielo, cuyos primeros descubrimientos son, por lo general, anónimos, pero no era raro que sus observaciones meteorológicas o astronómicas sirviesen de tema a discusiones que con bastante frecuencia terminaban en agrias disputas.
Lo que hubiera podido agravar y hasta provocar esas disputas habría sido la existencia de una señora Forsyth. Por fortuna, dicha señora no existía, pues el que hubiera podido casarse con ella había permanecido soltero, sin haber pensado nunca ni aun en sueños, en casarse. No había, por ende, una señora Dean Forsyth, para envenenar las cosas so pretexto de conciliación; y, por consiguiente, era muy probable que toda tirantez entre ambos astrónomos se aflojase en breve plazo.
Había, es cierto, una Mrs. Flora Hudelson. Pero Mrs. Flora Hudelson era una excelente esposa, excelente madre, excelente ama de casa, de naturaleza muy pacífica, incapaz de abrigar ningún mal pensamiento contra nadie, no almorzando con murmuraciones para comer con calumnias, a ejemplo de tantas damas de las más consideradas en las diversas sociedades del Antiguo y del Nuevo Mundo.