La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Seguramente habría gran afluencia a esta ceremonia nupcial, porque ambas familias gozaban de gran estimación, y más de seguro que la más alegre, la más viva, la más divertida en ese día, sería Loo, que serviría de señorita de honor a su hermana querida. Loo tenía quince años y por lo tanto el derecho a ser joven; derecho del que ella se aprovechaba. Era una graciosa picarilla que no se apuraba por burlarse de los «planetas de papá». Pero todo se lo perdonaba, todo se lo pasaba. El doctor Hudelson era el primero en reírse, y como único castigo, depositaba un beso en las frescas mejillas de la niña.

En el fondo, Mr. Hudelson era un excelente hombre, pero muy testarudo y muy susceptible. Fuera de Loo, cuyas bromas inocentes admitía, todos respetaban sus manías y sus hábitos. Muy entregado a sus estudios astronómicos y meteorológicos, muy sumido en sus demostraciones, muy celoso de los descubrimientos que hacía, o pretendía hacer, natural era que a pesar de su real afecto por Dean Forsyth, viese en él un temible rival. ¡Dos cazadores en el mismo terreno de caza que se disputaban una rara pieza! Muchas veces había degenerado en riña gracias a la oportuna intervención de aquella buena Mrs. Hudelson, poderosamente ayudada por otra parte en su obra de concordancia por sus dos hijas y por Francis Gordon.


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