La caza del meteoro
La caza del meteoro Allí se hallaban los instrumentos del doctor, anteojos y telescopios, a menos que durante las noches claras no los transportase a la terraza, desde la que podían sus miradas recorrer libremente la bóveda celeste. Allí era donde el doctor, a despecho de las recomendaciones de Mrs. Hudelson, pillaba sus más recalcitrantes constipados.
—¡Hasta el punto —repetía alegremente Miss Loo— de qué papá acabará por acatarrar a sus planetas!
Pero el doctor no escuchaba nada y desafiaba muchas veces los siete y ocho grados centígrados bajo cero de las grandes heladas del invierno, cuando el firmamento aparecía en toda su azul pureza.
Desde el observatorio de la casa de Moríss Street se distinguían, sin trabajo, la torre de la casa de Elisabeth Street. Media milla, a lo sumo, las separaba, y ningún monumento se elevaba entre ellas y ningún árbol se interponía con su ramaje.