La caza del meteoro

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Sin utilizar siquiera el telescopio de largo alcance, reconocíanse muy fácilmente con unos buenos gemelos, las personas que se hallaban sobre la torre o sobre la torrecilla. Seguramente que Dean Forsyth tenía otra cosa que hacer que mirar a Sydney Hudelson, y Sydney Hudelson no quería perder tiempo en mirar a Dean Forsyth. Sus observaciones iban más alto, mucho más alto. Pero era muy natural que Francis Gordon quisiera ver si Jenny Hudelson se encontraba sobre la terraza, y con frecuencia sus ojos se hablaban a través de los gemelos. Ningún mal había en ello, naturalmente.

Fácil habría sido establecer una comunicación telegráfica o telefónica entre ambas casas; un hilo tendido desde la torrecilla hubiera transmitido muy agradables frases de Francis Gordon a Jenny y de Jenny a Francis Gordon. Pero como Dean Forsyth y Sydney no tenían manera alguna de cambiar semejantes ternezas, jamás habían proyectado la instalación de ese hilo. Tal vez cuando ambos prometidos fueran esposos, se llenase este vacío; tras el lazo matrimonial, el lazo eléctrico para unir más estrechamente aún a ambas familias.

En la tarde de aquel mismo día en que la excelente pero avinagrada Mitz ha dado al lector un bosquejo de su elocuencia sabrosísima, fue Francis Gordon a hacer su visita habitual a Mrs Hudelson y a sus hijas.


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