La caza del meteoro

La caza del meteoro

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No, en manera alguna parecía que el extranjero estuviese en disposición de permanecer en Whaston, y seguramente no harían presa en él las seductoras y atrayentes sonrisas de los hosteleros. Absorto, indiferente a cuanto le rodeaba, seguía la calzada que diseña la periferia de la plaza de la Constitución, cuyo centro ocupaba un vasto terraplén, sin sospechar siquiera que despertaba la curiosidad pública.

¡Y bien sabe Dios, con todo, si esta curiosidad se hallaba excitada! Desde el momento en que apareció el caballero, hosteleros y sirvientes cambiaban desde las puertas estas y otras frases análogas:

—¿Por dónde ha llegado?

—Por Exeter Street.

—¿Y de dónde venía?

—Según dicen, entró por el Faubourg de Wilcox.

—Hace ya media hora bien corrida que su caballo da vueltas a la plaza. Estará esperando a alguien.

—Es muy probable; y hasta se diría que espera con impaciencia.

—Y no cesa de mirar hacia Exeter Street.

—Por ahí llegará la persona a quien espera.

—Y ¿quién será...? ¿Él o ella?

—¡Eh, eh...! Pues tiene muy buen talante.

—¿Será entonces una cita?

—Sí, una cita..., pero no en el sentido en que vosotros lo entendéis.


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