La caza del meteoro
La caza del meteoro El humor de los dos astrónomos se resentía de la vanidad de sus esfuerzos; no era posible acercarse a ellos. Veinte veces al día montaba en cólera Mr. Dean Forsyth contra «Omicron», que le contestaba en igual tono. En cuanto al doctor, que se veía forzado a pasarse sus cóleras consigo mismo, no quedaba en falta.
¿Quién, en tales condiciones, se hubiese atrevido a hablar de contrato de matrimonio y de ceremonia nupcial?
Tres días, no obstante, habían transcurrido desde la publicación de la nota enviada a los periódicos por el observatorio de Boston. El reloj celeste, cuya aguja es el Sol, hubiera hecho sonar el 22 de abril, si el Gran Relojero le hubiese dotado de un timbre. Todavía una veintena de días y la gran fecha nacería a su vez, si bien Loo, en su impaciencia, pretendía que no estaba en el calendario.
¿Convendría recordar al tío de Francis Gordon y al padre de Jenny Hudelson ese matrimonio, del que ellos no hablaban, como si jamás hubiera de efectuarse? Mrs. Hudelson fue de opinión que era preferible guardar silencio respecto de su marido. Para nada tenía que ocuparse en los preparativos de la boda..., como tampoco se ocuparía en las cosas de su Propio hogar. Cuando llegase el día, Mrs. Hudelson diríale, tranquila y sencillamente: