La estrella del sur

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¡Oh, dolor! El cañón había reventado.

Sí; bajo la formidable presión del vapor de agua y del gas de los pantanos, elevados a una temperatura de las más altas, el acero mismo no había podido resistir. El tubo, a pesar de que medía cinco centímetros de espesor había estallado como una simple probeta. En uno de sus lados, casi en su centro, presentaba una hendidura profunda, como una ancha boca ennegrecida, retorcida en llamas y que parecía reírse en las narices del desafortunado sabio.

Era tener mala suerte. ¡Tantas penas para llegar a este resultado negativo! Cyprien se habría sentido menos humillado si, gracias a las precauciones tomadas, su aparato hubiera podido resistir a la prueba del fuego. Que el cilindro se encontrase vacío de carbono cristalizado, conforme; preparado estaba para esta decepción. Pero haber calentado, enfriado, digamos la palabra, haber halagado por espacio de un mes aquel viejo cilindro de acero, bueno ya para arrojarle a la alcantarilla, era el colmo de la mala suerte. De buena gana le hubiera enviado hasta la costa de un puntapié, si aquel tubo no hubiese sido demasiado pesado para dejarse tratar con tan pocos miramientos.

«Seguramente —pensó—, la tierra con que he recubierto el interior, se ha transformado en ladrillo como la cubierta exterior del horno».


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