La estrella del sur
La estrella del sur —Es la gema más extraordinaria, la más hermosa que ha reflejado jamás los rayos de la luz —decÃa con una especie de respeto religioso—. ¡Qué será pues, cuando pueda refractarlos después de estar tallada en todas sus caras!
—¿Os encargarÃais de acometer ese trabajo? —preguntó Cyprien.
—¡Ciertamente, hijo! ¡Esto serÃa un honor y el coronamiento de mi larga carrera!… ¡Pero tal vez harÃais mejor en elegir una mano más joven y más fuerte que la mÃa!
—No —declaró afectuosamente el joven—. Nadie, estoy seguro, pondrá en esta obra más cuidado y más habilidad que vos. Guardad este diamante, mi querido Jacobus, y talladle a vuestro gusto. ¡Haréis una obra maestra! Es asunto concluido.
El anciano volvÃa y revolvÃa la piedra entre sus dedos, y parecÃa vacilar en formular su pensamiento.
—Una cosa me inquieta —acabó por decir—. ¿Sabéis que no me hago el pensamiento de tener en mi casa una joya de semejante valor? ¡Son cincuenta millones, por lo bajo, y tal vez más, lo que tengo en la palma de la mano! ¡No es prudente cargarse con semejante responsabilidad!
—Nadie sabrá nada, si vos no lo decÃs, mister Vandergaart; y por mi parte os garantizo el secreto.