La estrella del sur

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La curiosidad pública estaba, pues, vivamente excitada, y John Watkins no hubiera podido decentemente rehusarse a satisfacerla, tanto más cuanto que aquélla halagaba su vanidad. Colocó, pues, La Estrella del Sur sobre un ligero lecho de algodón, en la parte superior de una pequeña columna de mármol blanco que se levantaba en medio de la chimenea de su locutorio, y todo el día se mantuvo enfrente de ella, sentado en su sillón, custodiando la incomparable joya y mostrándola al público.

James Hilton fue el primero que le hizo observar cuán imprudente era su conducta. ¿Se daba exacta cuenta de los peligros que llamaba sobre su cabeza, exhibiendo así a todos los ojos el enorme valor que encerraba bajo su techo? Hilton aconsejó se pidiese a Kimberley una guardia especial de agentes de policía, o la noche próxima podría no pasarla sin algún acontecimiento.

Mister Watkins, espantado por esta perspectiva, se apresuró a seguir el consejo de su huésped, y no respiró hasta que vio llegar, antes de la tarde, una escuadra de policía a cabillo. Estos veinticinco hombres fueron alojados en las dependencias de la granja.



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