La estrella del sur
La estrella del sur Cyprien tuvo bien pronto ocasión de felicitarse de haber llevado consigo a Li y a Bardik, aun cuando sólo se tratase de equiparse para aquella expedición. En semejante caso no es asunto de poca importancia el escoger con discernimiento los objetos que podrán ser verdaderamente útiles. Nada puede reemplazar a la experiencia del desierto. Cyprien podÃa ser de primera fuerza en el cálculo diferencial e integral, pero no conocÃa más que muy pobres rudimentos de la vida del Veld, de la vida sobre el trek, como allà se dice. Además, sus compañeros, no tan sólo no parecÃan dispuestos a aconsejarle en lo más mÃnimo, sino que más bien procuraban inducirle a error.
Para la carreta recubierta can una tela impermeable, para las parejas de bueyes y suministro de diversas provisiones, las cosas marcharon bastante bien. El interés común exigÃa elegirlas juiciosamente, y James Hilton desempeñó su misión a maravilla. Pero no ocurrió lo mismo con lo que se habÃa dejado a la iniciativa individual de cada uno, a la compra de un caballo, por ejemplo. Cyprien habÃa reparado, en el mercado, un bonito potro de tres años, lleno de fogosidad que le cedÃan por un precio moderado; lo habÃa probado con silla, y encontrándolo bien amaestrado, se preparaba a entregar al tratante la suma que le pedÃa, cuando Bardik, llevándole aparte habló asÃ: