La estrella del sur
La estrella del sur Era el de un rival, casi el de un enemigo, y a pesar de ello, Cyprien Méré se sintió profundamente conmovido al tributarle los últimos deberes. Y es que el espectáculo de la muerte, en todas partes tan impresionante y solemne, parecía recibir del desierto una nueva majestad. Ante la Naturaleza, el hombre comprende mejor que allí está el término inevitable. Lejos de la familia, lejos de todos cuantos ama; su pensamiento vuela hacia ellos con melancolía. Recuerda que él también puede caer mañana sobre la inmensa llanura para no volver a levantarse, que él también será sepultado bajo un pie de arena, con una piedra desnuda por toda señal, y que en su última hora no tendrá por compañía, ni las lágrimas de una madre o el de una hermana, ni el sentimiento de un amigo. Y aplicando a su propia situación una parte de la piedad que le inspira la suerte de, su compañero, le parece que algo de él mismo queda enterrado en aquella fosa.
Al día siguiente de esta fúnebre ceremonia, el caballo de Friedel, que seguía amarrado a la carreta, fue atacado de la enfermedad del Veld. Fue menester abandonarle.
¡El desgraciado animal sólo había sobrevivido unas cuantas horas a su dueño!