La estrella del sur

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La agria amonestación de mister Watkins era un doloroso despertar de sus ilusiones. Cyprien tenía bastante buen sentido para no apreciar las razones sólidas, y demasiada honradez para irritarse por una sentencia que, en el fondo, consideraba justa.

Pero el golpe no por eso resultaba menos doloroso y ahora que era preciso renunciar a Alice, comprendía de repente lo muy querida que se había hecho para él en menos de tres meses.

Porque solamente tres meses hacía que Cyprien la conocía, esto es, desde su llegada a Griqualandia.

¡Cuán lejano le parecía ya todo aquello! Él se consideraba llegando, en un terrible día de calor y de polvo, al término de su largo viaje del uno al otro hemisferio.

Desembarcando con su amigo Pharamond Barthés —un antiguo compañero de colegio que venía ya por tercera vez a cazar por afición en el África austral— Cyprien se había separado de él en el Cabo. Pharamond Barthés había partido para el país de los basutos, donde contaba reclutar un pequeño cuerpo de guerreros negros que le sirviese de escolta durante sus expediciones cinegéticas. Cyprien había tomado sitio en el pesado vagón de catorce caballos que sirve de diligencia en los caminos del Veld, y se había puesto en camino para el campo de los diamantes.


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