La estrella del sur

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Cinco o seis grandes cajas —un verdadero laboratorio de química y mineralogía, del que hubiera deseado no separarse— formaban el material del joven sabio. Pero el coche sólo admitía cincuenta kilos de equipaje por cada viajero, y se vio precisado a confiar estar preciosas cajas a una carreta de bueyes que debía conducirlas al Griqualandia con una lentitud completamente merovingia.

Esta diligencia, de doce asientos, cubierta de una baca de tela, estaba montada sobre cuatro enormes ruedas, incesantemente mojadas por el agua de los ríos que atravesaba por sus vados. Los caballos, enganchados de dos a dos y con frecuencia reforzados por mulas, son conducidos con gran habilidad por una pareja de cocheros, sentados el uno al lado del otro en el pescante; el primero tiene las riendas, mientras el otro maneja un largo látigo de bambú, que recuerda a la gigantesca caña de pescar, del que se sirve, no solamente para excitar, sino también para dirigir los tiros.

El camino pasa por Beaufort, bonita villa construida al pie de los montes Nieuweveld, franquea esta cadena, llega a Victoria y conduce por último a Hopetown en la orilla del río Orange, de allí a Kimberley y a los principales campos de diamantes situados a algunas millas de distancia.


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