La estrella del sur
La estrella del sur Es un viaje monótono y molesto de ocho a nueve días a través del Veld, árido y desnudo. El paisaje presenta casi siempre un aspecto entristecedor: rojas llanuras, piedras esparcidas en montones, rocas grises a flor de tierra, hierba amarilla y rara, matorrales hambrientos. Ni cultura ni bellezas naturales. De cuando en cuando una granja miserable, cuyo poseedor, al obtener del gobierno colonial su concesión de tierras, ha recibido mandato de dar hospitalidad a los viajeros. Pero esta hospitalidad es llevada a cabo de la manera más elemental. No se encuentra en estas singulares posadas ni lechos para los hombres ni camas de paja para los caballos. Apenas solo algunas cajas de conservas alimenticias que han dado ya unas cuantas vueltas en torno del mundo y que se pagan a peso de oro.
De aquí se sigue que para las necesidades de su alimento, los tiros se dejan en la llanura, donde se ven reducidos a buscar la hierba entre los guijarros. Luego, cuando se trata de volverse a poner en marcha, cuesta un triunfo reunirlos y se pierde un tiempo considerable.
¡Y qué de tumbos hace dar al viajero este coche primitivo marchando sobre estos caminos más primitivos todavía!