La estrella del sur
La estrella del sur —Que mis basutos han traÃdo prisionero a un joven cafre, errante por el paÃs, que han entregado, atado de pies y manos, a mi amigo Tonaia. Creo que a éste le habrán jugado una mala partida, porque tiene mucho miedo de los espÃas, y el cafre, perteneciente sin duda a una raza enemiga de la suya, no podÃa ser acusado más que de espionaje. Pero hasta ahora, se ha respetado su vida. Por suerte para el pobre diablo, se ha descubierto que sabÃa algunos juegos de manos, y podÃa aspirar al rango de adivino.
—¡Ya no dudo de que sea Matakit! —afirmó Cyprien.
—Pues bien, puede vanagloriarse de haber escapado de una buena —aseguró el cazador. Tonaia ha inventado para sus enemigos una variedad de suplicios que no dejan nada que desear. Pero, te lo repito, puedes estar tranquilo por tu antiguo servidor. Está protegido por su cualidad de adivino, y le encontraremos esta misma noche con perfecta salud.
Inútil es insistir sobre lo satisfactoria que esta noticia debÃa de ser para Cyprien Méré. Seguramente habÃa alcanzado su objeto, pues no dudaba de que Matakit le entregarÃa el diamante de John Watkins, si lo tenÃa aún en su poder.