La estrella del sur

La estrella del sur

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Con estas noticias, Alice Watkins se sentía muy desgraciada. Ya no cantaba, y su piano permanecía invariablemente mudo; sus avestruces apenas lograban interesarla. La propia Dada no tenía ya el don de hacerla sonreír por su voracidad, y tragaba impunemente cuantos objetos encontraba, sin que nadie se cuidase de impedirlo.

Miss Watkins se veía presa de temores que se aumentaban no poco en su imaginación: el primero, que Cyprien no regresase jamás de aquella expedición maldita; el segundo, que Annibal Pantalacci, el más aborrecido de sus pretendientes, trajese La Estrella del Sur reclamando el pago de su triunfo. La idea de que podía ser condenada a casarse con este napolitano malvado y traidor, le inspiraba un disgusto invencible, sobre todo después de haber podido ver de cerca y apreciar un hombre verdaderamente superior, tal como Méré.

Ella pensaba en el día, soñaba durante la noche, y sus frescas mejillas se descoloraban, y sus ojos azules se velaban con tina nube cada vez más sombría.

Hacia ya tres meses que aguardaba así, con silenciosa pena. Aquella noche estaba sentada bajo la pantalla de la lámpara, al lado de su padre que se hallaba aletargado pesadamente cerca de la vasija de ginebra.

Alice, con la cabeza inclinada sobre un trabajo de tapicería que había emprendido para suplir a la música abandonada, meditaba tristemente.


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