La estrella del sur
La estrella del sur Un discreto golpe dado a la puerta vino de pronto a interrumpir sus cavilaciones.
—Entrad —invitó con cierta sorpresa, y preguntándose quién podrÃa ser a esa hora.
—¡Soy yo!, miss Watkins —anunció una voz que la hizo estremecer, pues era la voz de Cyprien.

Desde luego era éste que volvÃa, pálido, flaco, tostado, con una gran barba, vestidos usados por largas manchas, pero vivo, siempre cortés, siempre los ojos alegres y la boca sonriente.
Alice se habÃa levantado, al tiempo que dejaba escapar un grito de admiración y de alegrÃa. Con una mano procuraba contener los latidos de su corazón, tendiendo la otra al joven ingeniero, que la estrechaba entre las suyas, cuando mister Watkins, saliendo de su letargo, abrió los ojos y preguntó qué habÃa de nuevo.
Dos o tres largos minutos necesitó el granjero para darse cuenta de la realidad. Pero apenas fue dueño de un destello de inteligencia, cuando lanzó un grito, que salÃa del corazón.
—¿Y el diamante?
El diamante, ¡ay!, no habÃa vuelto.