La estrella del sur
La estrella del sur Y la elevaba ante sus ojos, la acariciaba con la mirada, y a ejemplo de Dada, parecía dispuesto a tragársela.
Entretanto, Cyprien, con una aguja enhebrada a un fuerte hilo, que le había traído Bardik, cosía cuidadosamente el buche del avestruz; después de haber cerrado por medio de una sutura la incisión del cuello, la desembarazó de los lazos que la tenían reducida a la impotencia.
Dada, muy abatida, bajaba la cabeza y no parecía muy dispuesta a emprender la fuga.
—¿Creéis que se recobrará, monsieur Cyprien? —preguntó Alice, más conmovida por los sufrimientos de su favorita que por la reaparición del diamante.
—¿Cómo, miss Watkins, que si creo que se recobrará? —exclamó el aludido—. ¿Pensáis que si no hubiera estado seguro habría intentado la operación? ¡No! Dentro de tres días estará como si nada la hubiera pasado, y no tardará tres horas en volver a procurar llenar el bolsillo que hemos vaciado.
Tranquilizada por esta promesa, Alice dirigió al joven una mirada de reconocimiento, que le pagó de todos sus trabajos.
En aquel momento, mister Watkins, convencido ya de que se hallaba en su sano juicio y de que había encontrado su maravillosa Estrella, abandonó la ventana.