La estrella del sur
La estrella del sur A las seis, los convidados llegaban luciendo sus mejores galas. A las siete, el diapasón de las conversaciones había alcanzado ya un tono tan elevado, que hubiera sido difícil a un clarín dominar el estrépito que reinaba.
Allí se veía a Mathys Pretorius, vuelto a su habitual tranquilidad desde que no tenía que temer las malas partidas de Annibal Pantalacci; Thomas Steel, radiante de fuerza y de salud, el corredor Nathan, los granjeros, mineros, mercaderes y oficiales de policía.
Cyprien, por deseo de Alice, no había podido rehusar a asistir a este festín, puesto que ella misma se veía forzada a comparecer. Pero ambos estaban tristes, porque esto era evidente, el cincuenta veces millonario Watkins no pensaría en dar a su hija a un pobre ingeniero que no sabía ni aún fabricar diamantes. Sí, el egoísta Watkins trataba así al joven sabio, a quien en realidad debía su nueva fortuna.
La comida proseguía pues, en medio del entusiasmo poco contenido de los convidados.
Delante del afortunado granjero y no tras de él, esta vez La Estrella del Sur, depositada sobre un pequeño cojín de terciopelo azul, bajo el doble abrigo de una caía con barras de metal y de un globo de cristal, brillaba al fuego de las bujías.
Ya se había brindado diez veces a su belleza, a su limpidez incomparable, a su esplendor sin igual.