La invasion del mar
La invasion del mar A las cinco de la mañana, todo el mundo estaba en pie, y a las cinco y diez minutos Francois hablase ya afeitado delante de un pedazo de espejo suspendido de una cuerda de la tienda. Reuniéronse los caballos, los carros se cargaron de nuevo, y la reducida tropa volvió a emprender la marcha en el mismo orden que la víspera.
A medida que se avanzaba por las orillas del canal, velase que estaban formadas por tierra blanda o arena, deduciéndose que no resistirían al empuje del agua cuando la corriente adquiriese fuerza. Así es que, como había sido previsto por los ingenieros y temido por los indígenas, el canal se ensancharía por sí mismo, lo que abreviaría el tiempo necesario para la inundación de las depresiones. Pero, en suma, el lecho del canal parecía sólido, que era lo que quería comprobar el señor de Schaller. Fue más bien en la travesía de la gran sebkha tunecina donde los lechos blandos habían hecho que la excavación fuese más rápida que en los terrenos ribereños de la Pequeña Sirte.
El país ofrecía constantemente los mismos caracteres de soledad y esterilidad que al salir del oasis de Gabes. Únicamente de vez en cuando alguna que otra espesura de datileras y llanuras erizadas de esparto, que constituían la verdadera riqueza de la región.