La invasion del mar

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Desde el día siguiente, a primera hora, suboficiales y soldados tenían permiso de su capitán para vagar a su albedrío por el oasis, con la condición de que todos estuvieran presentes a las listas de mediodía y de la tarde. Además no debían aventurarse más allá del límite que podía vigilar el puesto militar, a las órdenes del comandante de la plaza. Era necesario tener muy en cuenta la sobreexcitación que entre las tribus sedentarias o nómadas del Djerid habían de producir la decisión de reanudar los trabajos y la próxima inundación de la comarca.

No hay para qué decir que el suboficial Nicol y el cabo Pistache se paseaban juntos desde el alba. Si el caballo, harto de forraje, se quedaba aquel día en la cuadra, el perro, en cambio, iba y venía dando saltos al lado de su amo, y, seguramente, sus impresiones de perro curioso y cazador las explicaría a su gran amigo el caballo.

En el mercado de Tozeur encontrábanse frecuentemente el ingeniero, los oficiales y los soldados. Allí afluía gran parte del vecindario. Este zoco toma el aspecto de un campamento cuando se arman las tiendas, bajo las cuales instálanse los vendedores. Delante de la tienda se exponen las mercancías, tendidas sobre una estera o sobre una ligera tela que soportan unas ramas de palmera, que han sido llevadas a lomo de los camellos de oasis en oasis.


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