La invasion del mar

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Así se lo explicaba el señor de Schaller al capitán Hardigan y al teniente Villette, reunidos los tres bajo la misma tienda antes de la comida, que se disponía a servirles el señor Francois. Un plano del Rharsa extendido sobre la mesa les permitía hacerse cargo de su configuración. Esta gran depresión, cuyo límite meridional se aparta poco del paralelo 34, pronuncia su convexidad hacia el norte, a través de la región que rodean los montes Aurés, en las proximidades de Chebika. Su mayor longitud, medida precisamente en el 340 de latitud, se valúa en 60 kilómetros; pero su superficie sumergible no mide más que 1.300 kilómetros cuadrados, o sea, como dijo el ingeniero, de tres a cuatro mil veces la extensión del Campo de Marte de París.

—Y lo que es enorme para un Campo de Marte —observó el teniente Villette—, resulta mediano para un mar.

—Indudablemente —repuso el ingeniero—; pero si a eso añade usted la superficie del Melrir, o sea, seis mil kilómetros cuadrados, tenemos setecientas veinte mil hectáreas de mar del Sahara. Y, además, es muy posible que con el tiempo, después de grandes trastornos geológicos, se amplíe hasta abarcar el Djerid y el Fedjedj.

—Veo, mi querido amigo, que usted cuenta siempre con esta eventualidad. ¿La tendrá reservada el porvenir? —dijo el capitán Hardigan.


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