La invasion del mar

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Y, sin embargo, he aquí que ella misma aparecía en este oasis, donde tantos peligros la amenazaban. Había querido unirse a los suyos para cooperar a la evasión. Si Hadjar conseguía burlar la vigilancia de sus guardianes, si lograba franquear los muros de la fortaleza, su madre emprendería con él la huida, y, a un kilómetro de allí, en lo más espeso del bosque, los fugitivos encontrarían los caballos. Era la libertad reconquistada, y quién sabe qué nueva tentativa de levantamiento contra la dominación francesa.

Los expedicionarios no tuvieron más remedio que pasar por entre grupos de franceses y árabes, que no pudieron reconocer a la madre de Hadjar bajo el amplio jaique que la cubría. Además, Ahmet se ingeniaba para sortear los encuentros, ocultándose en algún rincón oscuro, reanudando la marcha después de haber pasado el grupo peligroso.

Faltábales ya muy poco para llegar al punto de cita, cuando un tuareg, que parecía acechar su paso, se precipitó ante ellos.

La calle o, mejor dicho, el camino que oblicuaba hacia el fuerte estaba desierto en aquel momento, y, siguiéndolo durante un corto trayecto, bastaba remontar una estrecha callejuela lateral para ganar el lugar de la cita, hacia donde se dirigían Djemma y sus acompañantes.


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