La invasion del mar
La invasion del mar El hombre hablase dirigido directamente hacia Ahmet; luego, añadiendo el gesto a la palabra, se detuvo diciendo:
—No vayáis más lejos…
—¿Qué ocurre, Horeb? —preguntó Ahmet, que habÃa reconocido a uno de los de su tribu.
—Nuestros compañeros no están en el lugar de la cita.
La anciana madre habÃa suspendido su marcha, e interrogó a Horeb con voz llena de sobresalto y de cólera:
—¡Cómo!, ¿esos perros han descubierto nuestros planes?
—No, Djemma; los guardianes de tu hijo no sospechan nada.
—Entonces, ¿por qué no nos esperan nuestros compañeros?
—Porque los soldados tienen hoy permiso y no hemos querido estar con ellos. Estaba allà bebiendo el suboficial de espahÃes Nicol, que te conoce, Djemma…
—Si —murmuró la africana—; me ha visto allá abajo… en el aduar… cuando mi hijo cayó en poder de su capitán… ¡Ah, sÃ, ese capitán…!
Y del pecho de la madre del prisionero Hadjar se escapó como un rugido de fiera.
—¿Dónde nos reuniremos con nuestros compañeros? —preguntó Ahmet.
—Venid —contestó Horeb.