La invasion del mar
La invasion del mar Y poniéndose a la cabeza del grupo, internóse a través de un bosquecillo de palmeras, en dirección al fuerte.
Este bosque, desierto a aquella hora, no se animaba más que los dÃas del gran mercado de Gabes. Era casi seguro que no hallarÃan alma viviente en los alrededores del fuerte, en el cual no serÃa posible penetrar. Aunque la guarnición gozase del asueto del domingo, no por eso la guardia de la prisión dejarÃa de estar en su puesto. Tanto más, puesto que tenÃa bajo su custodia a Hadjar, prisionero peligroso, que harÃa redoblar la vigilancia del fuerte hasta que estuviese a bordo del crucero que habÃa de entregarlo a la justicia militar.
Nuestros caminantes marchaban al abrigo de los árboles, y pronto llegaron a la linde del bosquecillo.
En este lugar apiñábanse una veintena de cabañas, a través de cuyas estrechas aberturas filtrábanse débiles rayos de luz. Ya no les separaba más que un tiro de fusil del lugar de la cita.
Pero apenas Horeb habÃase aventurado por una estrecha callejuela, un ruido de pasos y de voces le obligó a detenerse. Una docena de espahÃes venÃan en sentido contrario, cantando y gritando bajo el influjo de las libaciones demasiado prodigadas en las tabernas de las inmediaciones.